Sobre la escucha

Jan 20 – Written By Mireia Serrano

¿Qué voces oímos cuando todo el mundo habla? ¿Qué ignoramos cuando se oye todo? ¿Qué escuchamos cuando no vemos nada? ¿Qué se da por supuesto en la conversación?

A pesar de todas las tecnologías posibles, nuestra escucha sigue siendo limitada en percepción y atención. Escuchar es un acto de presencia intransferible, de disponibilidad y correspondencia, pero también de discernimiento. En un contexto de exceso de información y falta de contexto, ¿cómo orientamos nuestra escucha?


La ilusión 

La idea de que un dispositivo pequeño y accesible pueda preservar algo mayor e inalcanzable es asombrosa. Hace siglos, cuando escuchar era una forma de conocimiento y de anticipación estrechamente ligada al entorno inmediato, las caracolas aparecieron en los gabinetes de curiosidades como fragmentos de naturaleza capaces de emitir la inmensidad de un paisaje que no estaba allí.

Aunque todos sabemos que la caracola no ofrece el rumor de un afuera lejano, sino que devuelve una reverberación de los sonidos ambientales de nuestro entorno más inmediato, en una época en la que aún no se podía registrar ni reproducir el sonido, la caracola producía la ilusión de un desplazamiento.

Con la performance Respiración Oceánica, Itziar Okariz exploró esa misma ilusión. Con un micrófono y una técnica de yoga específica, la artista amplificaba su respiración de modo que el público tenía la impresión de estar escuchando el oleaje del mar. El auditorio se sumergía en un paisaje sonoro que, aparentemente, no tenía nada que ver con lo que sucedía en escena.

Si la ilusión opera dando como respuesta una imagen que nos puede otorgar sentido (en este caso, el mar), la caracola, del mismo modo que la performance de Okariz, nos recuerda que los límites de lo perceptivo, aún hoy, implican también los límites de lo reconocible.


El rumor

Inmersos en un mundo de pantallas, algoritmos y artificios, las caracolas han perdido su materialidad y el mar que contenían nos ha desbordado. Si Marshall McLuhan dijo que el medio era el mensaje, hoy el medio es cada vez más sofisticado y líquido, presentando multitud de mensajes como instancias sin cuerpo ni posición.

Hoy, la ilusión de poder contener algo mayor en nuestras manos persiste. Pero escuchar implica reconocer la paradoja de la caracola que, a pesar de cautivar bajo la promesa de contener lo imposible, nos devuelve amplificado lo que ya estaba ahí, disponible y desatendido.

El silencio como condición de aparición ha sido la premisa de propuestas como 4′33″ de John Cage, una composición musical silente en la que el intérprete no tocaba el piano durante ese tiempo, o de la serie Theaters de Hiroshi Sugimoto. En sus fotografías de larga exposición, Sugimoto retrató pantallas de cine donde la imagen de las películas, como la música de Cage, desaparecía mientras las salas se hacían visibles.

Apreciar el rumor imperceptible, latente o implícito, nos permite destapar la ilusión y revelar la posición. 


La posición

En una de las escenas de la película L’Atalante de Jean Vigo, escuchando cómo la radio emite desde la ciudad de París, la protagonista se pregunta a qué distancia se encuentra la capital: “Lejos o cerca se oye siempre igual”, le dice su compañero. Los medios de comunicación permitieron transmitir más allá de nuestra posición, pero la escucha dejó de ser situada.

Hoy, la falta de contexto hace que todos los contenidos nos lleguen de manera fragmentada y dispersa, bajo apariencia semejante y equivalente. Frente a este paradigma, si la atención responde exclusivamente a criterios de validación, circulación y repetición, la relevancia deja de disputarse para tan solo asumirse.

Para poder separar la señal del ruido es esencial identificar y comprender las condiciones en las que el mensaje se emite y se recibe, porque el sentido no solo se produce a través del contenido o el canal, sino también a través de esas circunstancias, de su mediación.

Volver a situar la escucha implica establecer un marco para atender esas condiciones, identificando lo que entra y lo que queda fuera, asumiendo la responsabilidad de esa posición y convirtiéndola, también, en criterio de intervención, no solo de atención.


La resonancia

Escuchar implica aceptar que exista una distancia, pero también la posibilidad de que esa separación se convierta en encuentro. La relación emerge en ese vínculo que la escucha hace posible.

Si la posición permite situar la escucha en un contexto más amplio, la resonancia permite inscribirla en una correlación de sentido. Dialogar, en vez de enunciar, permite no solo comunicar, sino posicionar.

Si todo el mundo habla, no necesitamos decir más sino saber escuchar mejor. Hacer que la expresión se convierta en conversación. Para eso, es necesario definir marcos de mediación capaces de producir sentido y atender a las condiciones bajo las cuales algo puede ser percibido como significativo.

La práctica curatorial no se limita a seleccionar o visibilizar, introduce criterio a nuestra escucha. Como la caracola, la curaduría no ofrece totalidad, sino resonancia: reorganiza la atención y hace perceptivo lo que ya está ahí.


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